Por Natalia A. Bonilla Berríos
The Whistleblower (2010) no es un filme de temática ligera. Su trama es tan compleja como la significancia de su título y presenta un escenario tan frustrante que no permite al espectador sonreír.
La densidad de la película recae en la tarea de definir y describir el tráfico y la trata humana. Cuando la policía Kathryn Bolkovac (Rachel Weisz) recibe una oportunidad de laboral en Sarajevo, Bosnia, en una misión de paz y estabilización luego del fin de la guerra étnica en 1995, jamás imaginaría destapar una red de crímenes atroces asociados con la trata humana.
De principio a fin, la impotencia persigue al espectador mientras recorre junto a Bolkovac los bares donde obligan a mujeres y adolescentes de varias nacionalidades a trabajar como prostitutas porque “tienen que pagar su deuda”. La deuda nunca está clara. Ellas han perdido la cuenta de cuánto han “ahorrado” para salir de esos lugares. Algunas creen que serán liberadas pronto pero sus esperanzas siempre se ven empañadas con los castigos de sus cuerpos los cuales, con el tiempo, reducen la fortaleza de sus almas.
Son parte de un juego beneficioso para los hombres, quienes las utilizan como objetos sexuales. Las golpean, las torturan, las violan y las drogan. Algunos, hasta deciden comprarlas por $3,000 dólares.
Los “policías” son los clientes de estos bares, quienes ayudan a traficar a las mujeres de región en región, y quienes reciben sobornos por parte de los dueños de las instalaciones para mantener la fachada ante la justicia.
Lo más triste de esta historia es que es basada en la vida real. Y uno comienza a preguntarse, ¿qué tantos otros crímenes similares han ocurrido o están ocurriendo en la actualidad?
La película es un suspenso muy bien narrado que reta la sensibilidad de los espectadores al debatir cuán manipulable y cuán frágil puede ser un ser humano. Weisz hace una gran interpretación como Bolkovac, una mujer que defiende la justicia y se enfrenta sola contra un sistema fallido.
Habrá quienes comparen a The Whistleblower con Erin Brockovich (2000) o Silkwood (1983) por las semejanzas en los personajes. Aunque, a diferencia de estos dos, el primero se destaca por brindar una mirada cruda a la explotación sexual, a la ineficiencia de los gobiernos y los altos ejecutivos de su tiempo en atender asuntos de derechos humanos porque las víctimas no tenían consigo sus pasaportes o estaban aterradas por lo que les sucedería si optaban por testificar. Esta película pone a discusión también la supremacía del hombre y el poder que éste puede ejercer -mediante coerción, tortura o asesinato- sobre la mujer.
Bolkovac recibió múltiples amenazas de muerte. Su vida corría peligro. Ella eligió seguir con su investigación y, ante la negación de los grandes poderes en ayudarla, acudió a la prensa.
Su caso desató un escándalo en el Reino Unido. En Estados Unidos, obtuvo muy poca atención. Después de la publicación de los informes, las Naciones Unidas hicieron reformas en sus políticas de estabilización y misiones de paz. En la actualidad, la compañía estadounidense que se menciona en el filme (bajo otro nombre), DynCorp, sigue siendo contratada por el País para misiones en Afganistán e Irak. Los policías culpables de estos crímenes no fueron procesados ya que tenían inmunidad.
Dejar la sala de cine tras golpes constantes de dos horas de duración es igual de difícil que borrar por completo la terrible realidad presentada.
Es igual de difícil que recordar una y otra vez, que esa terrible realidad se sigue viviendo -en nuestros, o en otros, países; por las mismas, u otras, personas- aún hoy.
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http://es.scribd.com/doc/38585837/Edicion-Septiembre-2010
http://es.scribd.com/doc/40549704/EDICION-OCTUBRE-2010