El gas que vendió Timoshenko


800px-Tymoshenko_Appointment_Feb04_2005Por Natalia A. Bonilla Berríos

A principios del mes de mayo, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictaminó que la detención de la ex primer ministra Yulia Timoshenko fue una violación de derechos humanos. Esta sentencia no tiene efectos inmediatos en torno a la libertad de la líder política pero sí contribuye a la mala reputación de Ucrania en la región.

Ciertamente, el caso de Timoshenko ha debilitado la imagen del Estado frente a sus homólogos que consideran su arresto un modo de controlar la oposición.  Timoshenko es considerada, por casi la mitad de la población, como una heroína tras su comando de la Revolución Naranja del 2004 que la llevó a ostentar el puesto de primer ministra por ocho meses en el 2005 y luego por tres años (2007-2010). Su firma de un contrato con Gazprom,  la principal compañía petrolera de Rusia, fue considerada como un acto impío que puso en desventaja a Ucrania frente a su vecino a pesar de que buscara solucionar la “guerra de gas” desatada en el 2010 y que mantuvo en tensión a todo el continente europeo.

El sistema de justicia del país declaró a la ex primer ministra culpable de corrupción, entre otros cargos, y decidió por una condena de siete años en prisión. Los fanáticos de Timoshenko y países europeos mostraron su descontento con el fallo y emprendieron campañas para su liberación. La más visible y comentada fue el boicot de algunos países a la Eurocopa 2012 hiriendo la economía y la credibilidad de Ucrania en el exterior. Ese mismo año, la propia líder inició una huelga de hambre que duró 18 días en aras de conseguir respaldo y atención internacional.

Ahora con este nuevo veredicto, la presidencia de  Víktor Yanucovich tambalea más que nunca. Su deseo de conseguir una membresía a la Unión Europea (UE) se disuelve al mismo tiempo que una oportunidad dubitativa parece rescatarlo.

Aquí la noticia más importante no es el futuro incierto de Timoshenko, si la dejarán en libertad o no -Yanucovich tiene el poder de otorgarle amnistía y ha expresado que de hacerlo, Timoshenko se vería obligada a pagar una multa (opción a la que ella se ha negado)-sino el chantaje, primero implícito y cada vez más evidente, de Rusia con Ucrania.

Es un secreto a voces que después del colapso de la Unión Soviética, Rusia ha buscado restaurar su imagen imperial y expandir por ende, su influencia en la región. Bajo la administración de Vladimir Putin  se comenzó a orquestar una estructura similar a la UE llamada Unión Euroasiática que consiguió en el 2008 el respaldo de Kazajistán y Bielorrusia. Para distanciarse de las críticas inmediatas referentes a que el modelo realmente respondía a pasados intereses soviéticos, Putin dejó claro que los beneficios serían de índole económicos. Ucrania, como aliada de Rusia en las pasadas décadas, fue invitada a unirse pero tras la inestabilidad doméstica, entrada en su presidencia Yanucóvich prefirió una anexión con la UE parcializado por el trato desventajoso que hizo Timoshenko en el 2008 y la hostilidad recibida en la superada guerra de gas en el 2009.

El gas, ese preciado recurso natural que poseen Rusia y Ucrania en vastas cantidades, ha sido el hilo conductor en las disputas sin olvidar que el segundo, había cultivado una deuda millonaria a Gazprom inclusive antes del acuerdo de Timoshenko.

Ahora que en el 2013, Putin sube al poder nuevamente como presidente una de sus prioridades en este mandato es la reintegración (simbólica, política, económica; todavía sin esclarecerse oficialmente) de los estados post-soviéticos.  Yanucóvich, un líder poco diestro en diplomacia, podría sucumbir a este deseo tras ver jamaqueada su estrategia de ‘conseguir lo mejor de ambos mundos’.

Con esta sentencia del tribunal europeo, las puertas de un lado se le han cerrado hasta que no resuelva sus diferencias políticas con Timoshenko, quien en otras ocasiones se ha visto involucrada desafiando la ley con sus negocios. Por otra parte, el líder se está viendo obligado a enfrentarse sin más rodeos y sin muchas cartas a su favor a Rusia, un Estado que se ha negado a disolver el acuerdo firmado por la ex primer ministra y que ha llegado la hora de responder ‘cara a cara’.

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