Una generación perdida


Por Natalia A. Bonilla Berríos | Columna publicada en 80 grados

El campamento de refugiados era visto como una solución temporera. Las protestas civiles que iniciaron en marzo 2011 no causaron olas migratorias significantes en ése momento; después de todo, el pueblo esperaba derrocar el régimen de Bashar al Assad aprovechando la conjetura de la Primavera Árabe. Eso no sucedió.

Luego de una intervención militar proveniente de Occidente en el país vecino Libia, muchos se preguntaban, ¿cuándo sería el turno de Siria? ¿Cuándo vendría la ayuda a la oposición? La respuesta en aquel entonces y aún en los presentes días, – donde se contempla la posibilidad de intervenir por el uso en terreno de armas químicas -, rayaba en los intereses políticos y económicos de las partes.

Fue cuestión de tiempo para que la situación escalara a guerra civil. La Oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos de las Naciones Unidas estima la pérdida de 93,000 vidas, mientras que la Agencia de la ONU para los Refugiados apunta que 1.9 millones de habitantes se han desplazado fuera de las fronteras de su país en aras de sobrevivir.

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