Anti-Europa


Los resultados de las elecciones al parlamento de la Unión Europea han revelado el pesar oscurantista de un continente que dejó de ver los extranjeros como amigos del sistema. Ahora, son amenazas directas a la supervivencia de las identidades nacionales.

Por Natalia A. Bonilla Berríos | @nataliabonilla

En vilo el futuro del euro aunque, ése pareciera ser, un dilema fácil de resolver con el nuevo parlamento de la Unión Europea. Quienes han ganado la mayoría de los escaños son partidos de extrema derecha cuyas propuestas coinciden en una visión a largo plazo que no incluye una moneda compartida y que contempla además, si hay necesidad o no el beneficio de seguir permaneciendo miembro de este organismo.

¿Para qué? Contestar esa interrogante, con los ánimos caldeados de los partidos victoriosos en las elecciones recientes, depende de un solo factor: la supervivencia del nacionalismo. La crisis económica del 2008 y los consecuentes escándalos financieros en Grecia y España, entre otros, agrietaron la solidez de la UE y medidas proteccionistas por parte del Reino Unido socavaron la esperanza de una eventual prosperidad.

Como sistema, la UE proyectaba un modelo democrático sin igual, no obstante, desde su fundación en el 1993 sus ideales atentaban contra el Estado como entidad soberana suponiendo que el orden mundial no era anárquico, que había espacio para una estructura de gobernanza eficaz.

En su Constitución, la UE establece que el organismo “nace de la voluntad de los ciudadanos y de los Estados de Europa de construir un futuro común”. Las palabras claves en esa corta frase son “voluntad”, un concepto que denota flexibilidad en posturas de los líderes y pueblos considerados, y “futuro común”. ¿Cómo hacerle justicia a esa promesa si los votantes que se dieron cita a las urnas eligieron representantes que buscan conseguir todo lo opuesto? Más bien, pretenden construir futuros individuales, circunscritos a cada una de sus fronteras porque ya es tiempo de cuidar de casa y no pagar por los platos rotos de alguien más. Vecino o no.

Al momento en que decidí escribir esta columna, deseaba explorar la posibilidad de una Europa menos tolerante con las religiones y los extranjeros: una Europa anti-inmigrante. Sin embargo, conforme analizaba los hechos no podía dejar de notar que el historial de la UE –con sus fallas y glorias – la ha llevado a esta encrucijada.

Redefinir qué es y qué puede ofrecer. Los ciudadanos de los 28 países que la componen han cambiado. No son los mismos que aplaudieron su creación hace dos décadas, la miran con puro escepticismo y dolor. Dolor porque para muchos de ellos es inconcebible que sociedades desarrolladas, de primer orden por así decirlo, vean sus intereses y propiedades amenazados por una crisis que directamente no crearon porque para eso eligieron políticos y gobernantes. Para evitar debacles como ésa. Ahora, no debe dejar de sorprender que, para cuando deciden apuntar a culpables señalar al Otro, -al diferente, al inmigrante, al que ocupa espacios y trabajos que bien podría ocupar un nacional-, es la mejor alternativa. Sí, porque haciéndole honor al ego de los seres humanos, en momentos de crisis, muchos no piensan dos veces en olvidar e ignorar el legado de los extranjeros a la patria.

¿Por qué? Por las altas tasas de desempleo y el aumento en los costos de servicios básicos. Porque alguien tiene que pagar  los déficit presupuestarios. Porque la clase alta y media se ha dejado llevar por el miedo de perder su estatus quo, y la clase pobre… ¿acaso tiene voz? No, al inmigrante hay que expulsarlo y no tiene que proceder de tierras lejanas sino que al contrario, se puede empezar por el patio. Porque la UE permite demasiadas libertades en la región fomentando competencias a nivel doméstico, en materias laborales y económicas, que, de otra forma, no habría.

Porque quizás tanto pensar en la UE, en el colectivo, en lo nuestro, en el bien y futuro común…ha sosegado la defensa por una identidad nacional, por el bien y futuro de la patria, por los míos y no los demás, porque ellos allá en sus fronteras, tienen quiénes los escuchen.

 

 

Twitter: @nataliabonilla

La autora es periodista y posee una maestría en Relaciones Internacionales de la Universidad de York, Inglaterra.

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