Politizar “la paz” colombiana


Seguir el proceso de paz en Colombia podría ser una tarea sin recompensa. ¿Para qué prestarle atención a una negociación que probablemente no llegue a ninguna parte? Me hice esa pregunta mientras participaba de un webinar ofrecido por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y dictado por la editora de El Tiempo, Marisol Gómez. Aquí les comparto una reflexión.

Gómez habló de la apatía de la población colombiana –principalmente aquella que vive en las urbes- en torno a las negociaciones de paz. Puede atribuirse el pesimismo y desdén generalizado en la longitud del conflicto armado, los intentos frustrados de conseguir la “paz”, la politización de esa palabra, y la pérdida del sentido de “pertenencia”.

Gómez aseveró que el conflicto sólo le pertenece a aquellos que lo han sufrido en carne y propia: las víctimas directas. A ellos, más que a nadie, les interesa que se haga justicia. Que se les compense, que se les ayude a cerrar capítulo y a seguir con sus vidas.

A los que han nacido en las últimas dos décadas en ciudades, pensar sobre el conflicto es tedioso porque, por mucho tiempo y empeño del gobierno, entidades y hasta actores internacionales, las cosas siguen como están. Quizás necesitan ver un cambio radical. Hay excepciones, quienes ven con esperanza las políticas de los gobiernos y otras organizaciones no gubernamentales y quienes luchan cada día, desde sus respectivas áreas profesionales, por una mejor Colombia.

Sin embargo, ésos son los menos y de más está decir que, para que las cosas cambien, se necesitan más.

Gómez hizo hincapié en la creciente politización de la “paz”.

Ambos bandos políticos, conservadores y liberales, ambos han construido carreras políticas e imperios económicos alrededor de la palabra. La han abaratado. Han convertido la paz en mercancía.  Mientras que, los rebeldes y grupos paramilitares se han mantenido firmes en su postura de que la paz no les conviene. Firmar un acuerdo de paz acabaría con sus “negocios”, perderían “clientes”.

Pero entonces, ¿para qué sirve la paz? ¿Quién quiere creer en ella? ¿Por qué la moral dicta que es “la mejor solución”? ¿Sabemos tan siquiera, qué es?

Si la paz no se define como la ausencia de guerra y conflicto porque es un concepto dinámico que implica, según la Unesco, “la presencia de la justicia social y la armonía, la posibilidad de que los seres humanos realicen plenamente sus posibilidades y gocen del derecho a una supervivencia digna y sostenible”; a eso se debería aspirar.  A replantearse cómo construir una sociedad justa con un alto sentido de responsabilidad por el bienestar de ella misma, que no sólo se concentre en las grandes ciudades sino que esa doctrina llegue a los campos, a las zonas rurales.

Luis Fernando Trejos, autor de Colombia: una revisión teórica de su conflicto armado, estipulaba que el Estado colombiano siempre ha sufrido de “deslegitimidad política”, es decir, “incapacidad para imponer su influencia en la sociedad”. Siendo así descrita la cronología histórica del conflicto armado, no puedo evitar cuestionar a raíz de una de las invitaciones más importantes de Hannah Arendt: “pensar”.

¿El Estado somos nosotros o nosotros somos el Estado? ¿El Estado nos guía o nosotros lo guiamos? ¿Renunciamos a nuestra capacidad de buscar soluciones cada vez que votamos por un líder porque entonces él, cargará con nuestra responsabilidad? ¿El Estado decide y nosotros obedecemos?

¿Cuándo la mayoría del pueblo colombiano dejó de ser partícipe? ¿En qué momento y bajo qué circunstancia renunció a su responsabilidad de futuro, de justicia social, de paz?

Gómez no concluyó con muchos alicientes. Hizo recomendaciones para los reporteros que cubren el conflicto y pidió mayor compromiso y responsabilidad.

Probablemente el conflicto siga como está o quizás, en esta ocasión, las negociaciones sean exitosas.

Sin embargo, aquí lo interesante sería saber ¿qué vendrá después del conflicto? ¿Llegará o se construirá “la paz”?  Y para cuando eso suceda, ¿a alguien le importará?

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