Las compras de Nadine y el sexismo en la prensa


La prensa peruana destaca hoy en sus portadas que la primera dama Nadine Heredia, aparentemente, gastó $38.000 dólares estadounidenses en compras de lujo.  Las implicaciones del gasto pasan a un segundo plano si notamos que los titulares se enfocan en lacerar, y no necesariamente cuestionar, la imagen de la esposa del presidente Ollanta Humala.

Si utilizó la tarjeta de crédito de una amiga, si lavó activos, o si visitó o no tiendas de marcas famosas para comprar joyas y vestidos, mientras su cónyuge se reunía con diplomáticos, no es lo noticioso. La cobertura de este caso sólo fortaleció una de las principales discusiones de estereotipos de género y poder político en Latinoamérica: la frivolidad de Heredia.

En par de horas, la inteligencia de la primera dama de Perú, comunicóloga, socióloga y presidenta del Partido Nacionalista Peruano, fue reducida a belleza, moda y hasta desinterés por el pueblo que vive una significativa desigualdad social.  Esta tendencia guarda similitudes con la forma en que los medios de comunicación han tratado la imagen y los gustos de Cristina Fernández, presidenta de Argentina.

¿Por qué surge un caso como este y se presta más atención a la imagen y no al delito? ¿Acaso pesa más para el contribuyente saber que su dinero  -o los fondos personales de la familia en poder (hasta que se pruebe lo contrario)- son destinados en mejorar la apariencia de la primera dama y no realmente en que se llevó a cabo dicha transacción?

Hago estas preguntas porque, pareciera como si lucir y vestir bien, si eres primera dama de un país como Perú o cualquier otro en Latinoamérica, fuese un pecado. El escrutinio hacia la mujer que llega a esa esfera política es feroz y más cuando la propia prensa se encarga de hacer fotogalerías y publicar columnas referentes a: ¿Cuántas veces usó el mismo vestido para una conferencia de prensa?  ¿Por qué no cambia de color de pinta labios con más frecuencia? ¿Será que no tiene otro par de tacones?

Esta clase de cobertura sólo denota el rampante sexismo que promueve la prensa en Perú y en Latinoamérica. Probablemente es un mal que aqueja a otros países y continentes también, pero a tan sólo horas de que se revelara esta información, en vez de ocuparse en si hubo un crimen o no, toda la atención ha girado en describir las compras de lujo de Heredia.

Hace poco, notamos un gran contraste de cobertura cuando salió a la luz pública la compra de propiedad de la primera dama de México, Angélica Rivera. Un nutrido grupo de periodistas se dirigió a trazar la fuente de los fondos y con su trabajo, presionar al Ejecutivo a que otorgara explicaciones.  Esta labor, si bien loable, le costó el trabajo a la reconocida periodista Carmen Aristegui y a su plantilla de trabajo en MVS.  Sé, de primera fuente, que ciertos colegas que reportaban para los principales periódicos de la Ciudad de México tuvieron que lidiar con la censura impuesta por editores y altos poderes, sin embargo,  la atención pública de ese caso no fue tan fácilmente desviada del conflicto de intereses que representaba esta revelación de la denominada “casa blanca”.

No, la cobertura fue distinta y eso lleva a pensar que otro periodismo siempre es posible. Ya es tiempo de cambios en el modo en que las agendas editoriales tratan a las mujeres en la esfera política. Suficiente es luchar contra el machismo en la sociedad como para también tener que batallar contra los medios de comunicación que fomentan este tipo de mentalidad excluyente y discriminatoria, que reduce a las féminas a su apariencia, tal y cual fuesen objetivos.

Los directivos de empresas mediáticas, los anunciantes y los propios periodistas deben responsabilizarse del contenido que publican. Más aún cuando esa mentalidad, sexista y hasta que podría alcanzar la misoginia, tiene un poder muy influyente en sobre cómo piensan y actúan las masas, los lectores, el pueblo.

2 comentarios sobre “Las compras de Nadine y el sexismo en la prensa

  1. Discrepo… el que se exhiban los gastos onerosos de los politicos, o de sus familiares, es un insulto para el pueblo de un país democrático.
    No vivimos en una monarquía, donde se espera que el rey y la reina tengan un nivel de lujo que, teoricamente, refleja el nivel de prosperidad de su país (y que incluso en esos país un derroche de ese tamaño se consideraría “impropio”), sino en sociedades demacráticas dónde los funcionarios públicos son EMPLEADOS del pueblo, y no sus dueños o emperadores.
    Así que el ver el derroche de recursos PÚBLICOS de sociedades pobres por supuesto que van a causar revuelo, ya sea en ropa, calzado, maquillaje, casas, trajes o cualquier otro gasto suntuario.
    Y no tiene nada que ver que sean mujeres, o que sea en maquillaje.
    Y para muestra, Lucía Topolansky.
    http://es.wikipedia.org/wiki/Luc%C3%ADa_Topolansky
    http://mexico.cnn.com/historias-extraordinarias/2015/01/16/jose-mujica-le-da-un-aventon-en-su-vocho-a-un-joven-uruguayo

    1. Gracias Corsario y entiendo su punto de vista. Mi crítica va dirigida a cómo se destaca, interpreta y/o asigna una “superficialidad” a las mujeres en la esfera política cuando este tipo de casos surgen, y no se da esa misma cobertura a los hombres en la política. Digo, si las compras onerosas las realizan ambos, *(con fondos públicos o privados), si son de parte y parte, ¿por qué hacer hincapié en los gustos de las mujeres y no en el de los hombres?

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