La verdad de la tierra hostil


“We’ve learned to fly the air like birds, we’ve learned to swim the seas like fish, and yet we haven’t learned to walk the Earth as brothers and sisters.” – Martin Luther King

Tel Aviv es más relajado y callado de lo que pensaba. Oía a la azafata en el avión decir que la ciudad era una réplica de Miami pero desde que llegué sólo he visto poco menos de una docena de rascacielos, calles transitables que permiten el libre y continuo paso de peatones, ciclistas y automóviles sin mayores percances. 

Acá la ciudad no descansa, negocios y restaurantes abiertos las 24 horas del día y en los sabbat (sábado o séptimo día en el calendario judío), hay una reducción significativa de tránsito pero la vida transcurre como si la imagen de Israel en el mundo no importara, no pesara saber que a distancias kilométricas se encuentra el pueblo palestino, dividido en dos, Cisjordania y Gaza. Dos territorios que han sido ocupados por Israel y Hamas.

Se puede entender que uno arribe aquí lleno de prejuicios. El prolongado y tortuoso conflicto israelí-palestino ha alimentado por décadas las secciones de la prensa internacional. Dependiendo del día, la casilla del “bueno” le cae a uno y la del “malo”, al otro, y así, según la gravedad de los ataques y consecuencias, se invierten los roles. En muy pocas ocasiones, uno como extranjero tiende a alinearse “a favor” de Israel. 

Según dijera Michael Bauer, un guía turístico que conocí en Jerusalén, es fácil definir el conflicto como una guerra entre Goliath y David porque Israel es un Estado y no ha dejado a Palestina serlo. No obstante, explicó que es muy recurrente que Israel se vea como David frente a Goliath porque cada movimiento que hace puede motivar la ira de los países vecinos, algunos como Irán que han buscado su destrucción, o la condena de la comunidad internacional por cómo actúa frente a los palestinos que lanzan piedras en forma de protesta o cohetes como una mayor agresión. 

No ha habido forma en que ambos se vean de par en par, en las mismas condiciones. En más de medio siglo no se ha creado un mecanismo para que ambos pueblos se acepten como iguales porque los lazos religiosos con la tierra son muy fuertes, porque las heridas ocasionadas por las guerras, los ataques suicidas y las protestas son muy profundas, y porque el pasado termina pesando más que los planes para el presente y ni hablar de las posibilidades que presenta el futuro. 

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Jerusalén, “cuna” de religiones

La hostilidad se siente en cada parte de esta tierra. Está en su historia y su gente, carga con ella. El conflicto ha tocado de alguna forma muy personal a cada una de las familias de ambas sociedades, la israelí y la palestina.  Es usual conocer historias de dolor y superación en ambos espectros, y un poco más raro es hallar historias de reconciliación. Que sí, existen (y espero poder compartir con ustedes una en los próximos días).

Creo que escribo esta primera nota de viaje para dar a conocer que es muy fácil y cómodo escudarse con los prejuicios. Sirven para definir y defendernos de los “otros”, los “desconocidos”, sirven inclusive para sentirnos “superiores” a ellos si no cumplen con nuestros estándares morales o no se amoldan a los principios de nuestras respectivas sociedades. 

Sin embargo, los prejuicios no sirven para conocer al “otro” a través de su propio lente.

Recuerdo que cuando filmamos el documental Ecos del Exilio, en 2013, nos topamos con una amplia variedad de “verdades”, narrativas e historias, que convivían -o existían- dentro de un mismo colectivo de exiliados cubanos. En aquel entonces, hubiera sido muy errado de nuestra parte como equipo de producción, con miradas ajenas, ejercer juicio sobre cuál era más “verdadera” que la otra. Para eso, no trabajamos.

Nuestra labor como periodistas no es juzgar sino darle voz a nuestros entrevistados. Sea quienes sean. Nuestro reto viene luego. Presentarle al público la información de una manera balanceada, conscientes de que cada historia tiene más de una versión (la mía, la del otro y más) así como un espejo tiene dos lados, porque en el mundo en el que vivimos hay pocas verdades absolutas.

Calles de Tel Aviv
Calles de Tel Aviv

Días antes de partir, tenía mucha ansiedad por lo que este viaje significaría para mi carrera y mi vida. Presentía que muchos cambios se avecinaban. Sentí miedo, no por la seguridad física sino por una posible transformación del pensamiento. Estaba en mí decidir si llegar a Tel Aviv arrastrando prejuicios o empezando de cero. Y absorber toda la complejidad de la tierra y su historia, los pesares de las “víctimas” y “ofensores”, los rostros de las familias y su fe por las religiones.

Al poco tiempo, terminé por comprender que ese miedo que sentía estaba más ligado a la profesión que al contexto. Si buscar y encontrar la “verdad” era mi misión, estaba en el lugar equivocado. En Jerusalén, “cuna” de religiones, no hay una verdad absoluta.

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De cara a la frontera de Israel con Belén, Cisjordania.

Y quien piense, como extranjero, saber quién es quién en el conflicto israelí-palestino como para señalar culpables, sospecho no ha visitado este territorio. No ha pasado por los controles de seguridad militar del aeropuerto, no ha visto de frente el muro de concreto que divide a Israel de Cisjordania, no ha hablado con padres que han perdido a sus hijos a causa de las guerras, los ataques militares, los cohetes, los ataques suicidas, no ha visto el fervor con el que rezan los judíos en el Muro de las Lamentaciones ni cuán aislada y protegida tienen los árabes israelíes su mezquita en Jaffa. 

Culmino este mensaje con un llamado a que reflexionemos sobre cómo miramos y analizamos los conflictos internacionales. Ahora mismo la crisis de refugiados de Europa por el conflicto en Siria ha acaparado la atención de los medios y con justa razón, pero así como está la guerra en Siria, en Yemen y en Nigeria -y en otras partes del mundo-se están perpetuando crímenes atroces. Es entendible que, según sean nuestros propias circunstancias y estilo de vida, veamos las cifras o una foto y busquemos culpables sin adentrarnos en el contexto. No empece, hay siempre algo más profundo en cada historia reportada. Hay mucho más allá del periodismo de guerra al que nos tiene acostumbrados la prensa internacional. Hay mucho más que nos hace iguales o diferentes. Hay rostros, vida, muerte, dolor, esperanza, alegría, desesperación. Y también, muy escondido, entre todas esas líneas, hay un enorme deseo de paz

(Fotos de Natalia Bonilla)

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