De la brevedad de la vida


En Buenos Aires hay varias estaciones de metro que, en sus paredes, figuran pinturas de una flor silvestre púrpura. A la flor se le conoce en esa y otras tierras, como No me olvides. Abunda por las calles y los parques, y hay que tener mucho cuidado al arrancar su tallo porque sus pétalos pueden caerse y en segundos, la flor deja de existir.

Cuento este detalle curioso porque así como los japoneses rinden culto a las flores

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Atardecer en Buenos Aires.

de cerezo por recordarles sobre la brevedad de la vida, en otras partes del mundo se busca retener memoria sobre lo ocurrido con los No me olvides u otros objetos, en tiempos de guerra y paz.

Sin embargo, lo que he encontrado es que, sin importar el símbolo que una sociedad prefiera, existe un deseo universal de casi todo ser humano de querer ser recordado, de que su vida haya significado algo y que los demás no olviden su existencia y su legado.
A mi entender, el miedo a no ser recordado por alguien -a menos de que se sea específico- no tiene fundamentos. No tiene fundamentos porque, así como explica la famosa teoría del efecto mariposa, cada suceso o encuentro, por más insignificante que sea, tiene un impacto en nuestras decisiones y hace alteraciones a nuestra psiquis. (Os recomiendo leer o ver la película The five people you meet in heaven, que explica esto muy bien).
Ayer leí un artículo interesante titulado ¿Por qué nos importa cumplir años?, que aparte de reflexionar sobre el significado de la edad y perseguir los sueños, a mí me llevó a pensar en los meses que han transcurrido, todas las marcas que han dejado, y también en cómo pienso celebrar el próximo año de mi vida.
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En el Paseo de la Historieta.

He aquí cuando recurro a leer a Jorge Luis Borges y su poema “Y uno aprende“.

Será porque a veces pienso que vinimos a este mundo a vivir varias vidas porque cada etapa nos transforma en seres que puede, o no, reflejar quienes éramos ayer o invitarnos a continuar o ser lo opuesto en el presente o futuro; para bien o para mal.
O será porque, con el tiempo, la vida me ha golpeado varias veces para hacerme comprender que uno comparte con personas por ciclos, que ayudan o lastiman, que brindan penas o alegrías, pero cada una tiene el potencial de llevarte a ser más y viceversa. Potencial digo, porque la decisión siempre está en uno, de quedarse en el papel de víctima o seguir escribiendo su propia historia como vencedor.
Este 2015, han sido tres las historias de mujeres que han sufrido cambios y poco a poco se han ido levantando,  que me motivan a pensar sobre la brevedad de la vida:
I.
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Mi mentora de escuela superior ha sobrevivido tres cirugías de corazón abierto. No estuve en sus primeras dos pero, este verano, me tocó vivir con ella sus días antes y después de la tercera operación. Esta vez fue diferente a las dos anteriores porque implicaba cambiar una válvula, ciertamente, una intervención más riesgosa que corregir un soplo.
Compartir con un ser querido lo que éste ve como sus últimos días (no necesariamente por el cuerpo, sino también por la evolución espiritual que representa) es una experiencia difícil que te hace evaluar cuán intensamente vives tus días. En ese tipo de circunstancias, uno busca ser apoyo y mantener los niveles altos de optimismo para contagiar al paciente.
Uno no cuenta que, la noche antes de la operación, cuando familiares y amigos se conglomeran en la habitación del hospital para contar chistes, ella te entregue una carta. En ese momento, no pude evitar desmoronarme y romper en llanto. Estaba convencida que la vería el día después y no estaba preparada para nada parecido a una despedida. La abracé con todas mis fuerzas con la esperanza puesta en que la volvería a ver, y así fue.
La angustia de esas horas se quedan con uno a pesar de que la operación fuera exitosa. El trayecto de recuperación fue uno arduo e inspirador. Verla levantarse, a pesar de las circunstancias, con más ganas de vivir que antes es increíble. Cada día después, lo ha vivido como un regalo.
Fue entonces cuando descubrí que el tiempo no es excusa para darle a conocer a una persona cuánto se le aprecia. Uno aprende que el hoy es lo que cuenta, que no se pueden dejar para después los abrazos acumulados ni los tantos “te quiero” omitidos. Uno aprende que, dependiendo de la persona, tener miedo a morir no supera las ganas de vivir.
Uno aprende que mientras unos malgastan su suerte y salud, otros darían lo que fuera por tenerla. Uno aprende a dejar ir las preocupaciones por lo que está fuera de nuestro control y dar todo en el momento.
Uno aprende a vivir…viviendo.
II.
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Fuimos a almorzar a un restaurante al aire libre en mi penúltimo día en Tel Aviv. Ella era una colega polaca que mantenía una relación a larga distancia con un israelí. Cuando llegó a Israel, se encontró con él ilusionada y quedaron en verse en el fin de semana, tan pronto ambos terminaran sus trabajos.
Ese viernes ella lo llamó para organizar los detalles de su encuentro pero notó algo raro en la llamada. Mantuvo la preocupación mientras comíamos en el restaurante y a los pocos minutos, cuando me sirvieron mi plato, ella se retiró a llamarlo.
Terminé pagando la cuenta por las dos y salí a buscarla. La encontré echa un mar de lágrimas porque su novio decidió acabar la relación con ella. Había conocido a otra mujer, dos semanas antes de que ella llegara al país. Ellos llevaban más de un año de relación, ambos habían viajado y compartido juntos por un tiempo en cada uno de sus respectivos países, Ella lo consideraba el amor de su vida.
Trato de explicar lo mejor posible en estas líneas ese momento en que presientesFullSizeRender (4) que el corazón de otra persona (sus ilusiones y sus sueños) se rompe. Es un dolor que no me cuesta imaginármelo porque yo lo viví. Y ahí la tenía a ella, frente a mí, en plena etapa de negación, llorando por su desamor, porque no tenía un plan B, ni lugar donde quedarse esa noche ni dinero para regresarse antes de tiempo a su país.
Y fue entonces cuando descubrí que la vida te puede exponer a una situación muy similar a la que viviste para ver cómo reaccionas. Para devolver cada ayuda que te brindaron, en su tiempo, tus amigos. Para decir las palabras de aliento que quisieras haber recibido tú en ese momento, para escuchar cada pensamiento y no abandonar a una persona en pleno dolor.
Uno aprende a dar y estar ahí para un extraño porque siempre hay algo que nos conecta.
Uno aprende a sentir.
III.
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En algún momento toca conocer a alguien, más joven que tú, que recibe un diagnóstico de cáncer. Era empleada de un negocio cercano a mi trabajo y me la topé en una fila de una cafetería. Cuando nos sentamos a dialogar, salió a relucir esta trágica noticia.
Ella estaba consciente del sufrimiento que se avecinaba y sin embargo, su principal miedo era que tuviera que enfrentar el proceso sola. Me dijo que quería superar la prueba y que la declararan sana, que no quería pensar en el proceso para llegar a ese resultado.
Le dije que el proceso la fortalecería, iba a ser más valioso que el resultado, por más doloroso que fuera, y que estaba en ella definir el cauce de su vida y asegurar que eso fuera así.
Aún no he aprendido qué decir ante casos así. Cuando uno no está exento de correr con la misma suerte. Cuando este tipo de pruebas no distingue si uno es bueno o malo, y llegan sin aviso, a arremeter contra lo que somos y poniendo trabas a los que queríamos haber sido.
Y es entonces cuando uno recuerda que lo malo abre paso a lo bueno y por eso, hay que agradecer. Uno recuerda que la distancia no necesariamente nos hace conocer mejor a una persona, o que tal vez sí. 
Uno recuerda que todos sufrimos, por muchas cosas, por problemas más graves o FullSizeRender (1)leves, por los errores que cometimos, por el pasado que no volverá y el futuro que no sabemos si llegará.
Y para enfrentar eso, uno recuerda que no se puede controlar el tiempo, sólo la actitud hacia él. Uno recuerda que nadie puede arreglarle la vida a uno, excepto uno mismo. 
Uno recuerda que la vida es tan breve y el tiempo es tan poco, que es uno quién decide qué va a hacer con él, con quién y cómo lo quiere vivir. 
Uno recuerda que no es necesario regalar un “no me olvides” a otra persona para que ella te rememore.
Uno recuerda que “quien pisa fuerte, deja huella”. 
IV.

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Decía Seneca, autor de la obra De la brevedad de la vida, que: “no es que tengamos poco tiempo, es que perdemos mucho”.
En poco menos de tres meses enfrentaré una nueva ola de transformación que, seguramente, traerá episodios muy positivos y amargos, también.  No obstante,  ya es tiempo de arriesgarse, atreverse a perder y caminar.
Yo tengo mucha fe en los cambios. Los cambios nos hacen crecer y de eso consta la vida.
Tomar decisiones, caerse y levantarse, una y otra vez.
Eso hace la vida entretenida, eso la hace…bonita.
(Fotos de Natalia Bonilla)

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