Muros


Hace unos días visité una corta exhibición sobre el muro de Berlín. Pude tocar con mis manos un bloque de la muralla y en otro espacio, admirar un segmento de esta pared de hormigón con altura de cuatro metros y que se llegó a extender por unos 41 kilómetros de la capital, dividiendo a Alemania en dos.

Recuentan los ciudadanos de aquella época que la aparición de la muralla comenzó con la puesta de barreras temporales, rollos de alambres de púas, la mañana del 13 de agosto de 1961. En los días siguientes, obreros edificaron los paneles de hormigón y la historia cambió tanto para los que se quedaron en el Berlín Occidental y aquellos que lograron “escapar” o emigrar antes del cierre; y los que se quedaron (o fueron forzados a quedarse) en Berlín Oriental, bajo el controvertido mando de la Unión Soviética.

El montaje de la exposición fue diseñado para comparar las diferencias entre ambas Alemanias y recalcar, marcablemente, la supremacía del territorio controlado por Francia, EE.UU. y Gran Bretaña frente a su contraparte. La batalla ideológica entre la democracia y el comunismo; la libertad de expresión y la “relativa” falta de ella; la celebración y la opresión de los derechos humanos; la violencia y otras yuxtaposiciones formaron parte de esta muestra.
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Durante el recorrido, me detuve un momento en la franja divisoria, que
continuaba en el piso, el segmento del muro de Berlín. Observé a los visitantes que se quedaron detrás mío y aquellos delante de mí, cuestionándome por un momento la utilidad de una muralla, el efecto que crea, cómo nos define y cambia, y cómo, la interpretamos para que así sea.
Es importante reconocer que los muros en espacios públicos, y particularmente los fronterizos, han ganado mayor prominencia con el pasar de los años. Pensamos en estas paredes como símbolos de desprecio o protección, sin reparar en el hecho de que estas edificaciones también las preferimos para delinear el entorno doméstico.
Cada casa tiene al menos cuatro paredes que aíslan su interior del mundo exterior, los vecinos, la sociedad, el ruido y la molestia que puede causar o representar el “otro”.
La escritora inglesa Virginia Woolf inmortalizó la importancia de “una habitación propia”, un trabajo visto como ejemplar para el movimiento feminista pero que también llevaba a reflexionar sobre las necesidades, los gustos, los miedos e inseguridades que llevan a una persona a pedir o tener su propio espacio, exclusivo, donde nadie acceda ni pueda interrumpir. Guardando así, cierta similitud con una prisión.
Consecuentemente, esta discusión se puede llevar a un terreno más micro, el mental o emocional, pasando por desapercibido o reconociendo que el cuerpo de por sí es una barrera física y un vehículo representante (o en algunos casos, enemigo) del ser.
Tomando ese punto de partida, ¿cuántos muros hemos establecido? ¿Cuántos muros externos o internos permitimos que nos limiten como individuos y como sociedad? ¿Cuánto poder le damos al Estado, las leyes, las edificaciones imponentes y hasta el “qué dirán” los demás?
Según este artículo del New York Times, los muros físicos y fronterizos se construyen para producir una sensación de seguridad. Dividen, “protegen” y alivian por un lado, mientras que, por el otro, simbolizan una ruptura, una distinción.
Cuando cayó el muro de Berlín, las fotos de alemanes celebrando dieron la vuelta en el mundo. La prensa internacional daba la bienvenida a una nueva era, al cambio de ideas, a la posibilidad de “coexistir” y “tolerar” aquello que antes era igual y que por unas décadas fue diferente. Fue un ejemplo del potencial que tiene la humanidad de recibir, perdonar y compartir un mismo espacio, aunque todos seamos extraños.
Porque si bien hay quienes dicen que uno nunca termina de conocer a las personas, de igual forma, es cierto que uno nunca termina de conocerse a sí mismo.
Abogar por el derrumbe de todas las barreras fronterizas, físicas, mentales y emocionales llevaría al ser humano a disfrutar de un nivel de anarquismo que, por más atrayente que suene el término, revelaría lo mejor y lo peor de nosotros mismos. (Me imagino que, además, para ser efectiva esa hipótesis, se necesitaría el olvido -hasta en el subconsciente-, de todos los códigos morales, sociales y religiosos que hemos aprendido toda nuestra vida.)
En ese sentido, sólo porque la historia de la humanidad ha demostrado una y otra vez que la lucha por el “poder”, por “dominar” y “por tener más” lleva a las personas a cometer actos violentos contra sus amigos, su pueblo, su raza y otras, (así como también la fauna y flora); regreso al principio: a la línea que dividía el piso.
Lamentable y afortunadamente, los muros (fronterizos, físicos, mentales y emocionales, virtuales, etc.) son necesarios. Marcan un principio y un final…un espacio, una idea, un sistema, una razón y una multiplicidad.
El muro de Berlín se derrumbó el 9 de noviembre de 1989. Antes y después, decenas de otros muros fronterizos se han construido (he aquí una corta lista) y es probable que en el futuro surjan más.
Esta nota me deja con la percepción de que es fácil, como extranjero -y sin conocimiento de los contextos históricos y sociables de estos pueblos-, criticar la imposición de muros, denunciar su existencia e inclusive alzar voz por el bienestar de una parte o por el todo. Probablemente porque, este proceso es sencillo y no tenemos la obligación de responder por lo que sucede después.
Se recurre al argumento utópico de que acabar con los muros promoverá la “justicia social”, tomando como único referente lo que ha ocurrido en nuestra sociedad o que, lo que percibimos moral o correcto -según nuestro trasfondo-, tiene un carácter universal.
Sin embargo, la caída de un muro no preocupa más que su origen y lo que ocurre después de él. ¿Qué lleva a un pueblo a construir un muro? ¿Por qué toma esa decisión? Luego de derrumbarlo, ¿cómo coexisten sociedades que vivieron una historia diferente? ¿Quién predomina o vela por los intereses, en instancias distintos, de cada cual?
¿Sabemos estas respuestas? ¿Nos importa conocerlas?
Y quizás más importante sería preguntarse, si las circunstancias fueran similares en nuestros países, ¿cómo reaccionaríamos?
¿Cuán probable es que prevendremos, admiremos, protestemos o impidamos una nueva construcción?
(Fotos por: Natalia Bonilla)

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