Cómo le fallamos a Siria


Al llegar tarde y luego, no estar allí.

Hace una semana conocí un periodista español que ha viajado una decena de veces al país. En una de sus coberturas, trajo consigo desgarradoras imágenes de niños heridos, víctimas indirectas y directas del conflicto civil en Siria. Entre las múltiples historias, impactó ver a una niña de cuatro años clamar por aire en una camilla, levantando sus brazos débiles en búsqueda de ayuda, su rostro empapado en llanto. Recibió una bala en la nuca. Su ropa ensangrentada y sus últimos gritos son imágenes imborrables. La pequeña no sobrevivió.

Según relató, esta historia se pierde frente a cifras de organizaciones como Unicef, que estiman que en cinco años son unos 8,4 millones los niños sirios afectados por la guerra. A menos que los videos o fotos que provengan de Siria sean desgarradoras, no pasarán por el filtro de las empresas mediáticas.

Hay que comprobar que no son “una historia más”. ¿Qué causó que los medios de comunicación tomaran esta postura?

Límites y errores

La cobertura mediática de la Primavera Árabe puso de relieve los límites de la prensa internacional. La falta de dinero, corresponsales, conocimiento de la cultura/historia/política/idiomas del Medio Oriente así como también, la poca preparación de los directivos y editores en agencia y política internacional son algunos de los factores que revelaron que la globalización era un bonito cuento de hadas.

Sí, en 2011 teníamos más tecnologías, equipo y redes sociales pero olvidamos que en zonas de conflicto, poco importan esos avances. Olvidamos diferenciar que las protestas en estos países no necesitaban periodismo de “paracaidistas” y de fama individual, sino una cobertura continua y con la colaboración de la prensa local. Ese año, la propia ignorancia y carencia de recursos de los medios llevó a centrar su atención a Egipto y Libia, por ser escenarios de obvios intereses de Occidente, e ignorar la represión de manifestaciones en Siria y el consecuente deterioro del conflicto civil.

Para cuando se quiso enmendar ese error fue muy tarde. Tras el descubrimiento del uso de armas químicas en terreno y la famosa “línea roja” que el Gobierno de Bashar El Asad había cruzado, la prensa internacional quiso enfocar su mirada en este país, recuperándose de la tumultuosa intervención militar en Libia.

Los sirios vieron esperanza. Los rebeldes invitaron a los periodistas, los civiles abrieron sus casas, hablaron de sus inquietudes y preocupaciones. Sin embargo, la difusión de los medios de comunicación no fue suficiente como para generar un cambio de gobierno o una mayor presión de la comunidad internacional.

A cinco años de un conflicto cada vez más deteriorado, ¿fallamos por llegar tarde, por no ser incisivos, por no comprender la violencia o por no atar a Siria con la proximidad periodística?

Lo que ocurre hoy

Siria es el país más peligroso del mundo para los periodistas. La expansión del Estado Islámico, Al Nusra y otros grupos rebeldes -algunos que secuestraron, torturaron o decapitaron a periodistas-, en conjunto con el debilitamiento del sistema de seguridad y militar del Estado, causaron que los medios de comunicación internacionales optaran por depender de: 1) información oficial (principalmente, Gobierno y ONU), 2) agencias de noticias y 3) periodistas independientes.

Ser periodista independiente en Siria es saber que estás a tu suerte. Así lo indicó el colega español que asegura que los medios de comunicación internacionales no pagan seguros médicos ni de vida a los que les proveen contenido. Contenido que, cada vez es más difícil de conseguir porque la población ha perdido el interés de hablar con los periodistas. Ya no creen que sus voces serán escuchadas y que sus historias vayan a solucionar la guerra.

Cubrir el conflicto armado en Siria es una inversión. Es una inversión que hacen los periodistas buenos, a pesar de los riesgos, porque creen que su trabajo pueden hacer la diferencia y aportar a la discusión internacional. Por otra parte, es una inversión que hacen los periodistas malos simplemente para conseguir fama y decir “yo estuve en Siria”, con todo el bagaje sensacional que eso representa.

El salario de un fotoperiodista en Siria es menor que el de un día de trabajo en una oficina de diario en España. “Siria cansa”, hay muchos periodistas independientes allí, “tu foto es otra de las cientas que nos llegan”.

Los buenos periodistas independientes se quedan o regresan siempre que pueden con sus propios ahorros o con becas porque su vocación por el oficio es mayor que lo que dicten las empresas mediáticas. Y eso pesa más que cualquier precio emocional que tengan que pagar y gran parte de ellos, sufre el estrés postraumático en silencio, ya sea por vergüenza o desconocimiento.

En 2008, el emblemático periodista de guerra Michael Ware concedió una excelente entrevista a la revista Men’s Journal titulada “CNN’s Prisoner of War”. Ware reveló que sufría estrés posttraumático y fue enfático en decir que estaba “destruido”. Y, honestamente entiendo por qué.

Los que tenemos vocación de periodista no nos conformamos hasta conocer la verdad. Pero, en situaciones de guerra hay muy poca verdad, moral o ética que valga, somos testigos y cómplices a la misma vez de lo que vemos y vivimos. Somos sujetos y blancos y lo peor de todo -y a diferencia de los soldados y otros grupos armados-, estamos indefensos.  

Los sirios -y decenas de otras sociedades en conflicto- creen que les hemos fallado y en parte tienen razón pero, aquí hay una discusión mayor.

El mundo globalizado ha perjudicado a la profesión. Las empresas mediáticas les han fallado a los periodistas. Las universidades nos han fallado por no ofrecer una amplia gama de cursos teóricos y prácticos de especialización. Las salas de redacción nos han fallado por no financiar investigaciones, por no brindar apoyo moral, ético o dirección a los interesados en cubrir conflictos. Han fallado por no ofrecer capacitación para preparar física, emocional y mentalmente a sus reporteros. Los medios de comunicación alternativos, a falta de recursos humanos y monetarios, han fallado por reproducir, en su mayoría, las mismas teorías e ideas de los medios de comunicación tradicionales.

También, los lectores han contribuido a todo esto. Su patrón de lectura ha cambiado con la globalización y las nuevas tecnologías. Son pocos los que tienen tiempo de leer y son menos aún, temas tan densos. Dependiendo de cada sociedad, consumen con mayor rapidez que antes y prefieren notas y videos cortos por apps que reportajes en profundidad. Gran parte de los lectores han aceptado que les digan lo que sucede en vez de pensar por qué sucede y por qué debe importarme.

¿Ahora qué?

Definitivamente, el rol de la prensa internacional y los periodistas encara una evolución. ¿Hacia qué dirección? Pareciera que hacia una sombría. La crisis económica, el proteccionismo de varios países, el recrudecimiento de la violencia directa de los conflictos, la impunidad de las violaciones a las leyes internacionales y a la dignidad humana, la xenofobia y el terrorismo se cuecen en tiempos convulsos.

Ayer, una amiga madrileña partió hacia Turquía. Trabajará por dos meses como voluntaria en un campamento de refugiados ubicado en la frontera con Siria. Su vida cambiará como seguramente cambió la de una colega que estuvo en Lesbos a finales de 2015. Allá no se va a sólo a reportar la crisis de refugiados, que está en boga porque afecta a toda la Unión Europea, y piensa vender sus reportajes una vez regrese. Si es que tiene suerte, se los publicarán sin paga.  

Si los periodistas se negaran a enviar historias a los medios hasta recibir paga, ¿cambiarían las cosas? Lamentablemente, no. ¿Por qué? Porque siempre habrá alguien que lo haga de gratis. Por fama, exposición, activismo o lo que llene el espacio en blanco a continuación.

El sector periodístico necesita reestructurarse. Debe replantearse su rol en las zonas de conflicto armado y más aún, en los tiempos de construcción de paz, que quedan rezagados por no ser “novedosos” o alimentar la sed de “drama” a los que estamos acostumbrados. Y este último punto llevaría a replantearnos como sociedad que en teoría aspira a ser más pacífica y global y que logra todo lo contrario, no obstante, ese es tema para otro artículo…

Es posible otro periodismo que restaure la credibilidad en el cuarto poder. Esa es la tarea más dura que nos toca y que no podemos ignorar por estar pendientes de la chulería de las nuevas tecnologías.

Quizás cuando seamos capaces de reconocer las fallas del pasado -nuestras y las de otros-, aboguemos y trabajemos por un ejercicio más responsable en el presente y futuro.

Hay quienes ya lo estamos cambiando. En septiembre pasado conocí a un fotoperiodista filipino que cubrió el tsunami en Japón y el tifón Yolanda en Filipinas. Sus ojos no estaban opacos por el dolor. Tampoco la impotencia ni la frustración con el “mundo cruel e injusto” rasgaban su voz. Mientras narraba lo ocurrido, recalcó lo mucho que las personas se ayudaban las unas a las otras a buscar a sus seres queridos desaparecidos, cómo se mostraban dispuestos a  reconstruir casas o a donar comida.

Le pregunté si algún día se veía haciendo otra cosa, reportando otro tipo de historias, menos intensas e impactantes. Lo negó.

Puede ser que los periodistas con vocación nos consideremos soldados de causas que pasan desapercibidas ante los ojos. Tal vez nos toque recorrer caminos solos. Y a pesar de que no nos entrenen para esquivar balas, contamos con la capacidad para escuchar a las personas y traer sus historias a la luz. Nos toca trabajar porque esas historias tengan un impacto proporcional en nuestras comunidades y no se queden para rellenar espacios en las páginas de periódicos o minutos en el noticiario.  

El caso de Siria no debe repetirse nunca más. El debate debe venir desde abajo y extenderse de manera horizontal.

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