El terror a las minorías en Orlando


La ola de solidaridad internacional por la masacre de 49 personas en un club gay en Orlando ha llevado al movimiento LGBT (IQ) a avivar la conversación sobre su lucha. Una lucha contra la desigualdad de género, la discriminación e intolerancia y una denuncia contra su vulnerabilidad en las relaciones de poder frente al Estado y la heteronormatividad.

Cuando surgió el atentado, dos motivos causaron escándalo: 1) fue el peor ataque terrorista en suelo estadounidense desde el 9/11; 2) y sus víctimas eran mayormente latinos y miembros de la comunidad LGBT, ambas minorías. Pertenecer abiertamente a esta última minoría es en algunos países, una sentencia de muerte,  mientras que en otras sociedades el nivel de invisibilidad y las violaciones a sus derechos humanos y civiles varía. 

La teoría de las autoridades de EE.UU. es que Omar Matteen perpetuó el acto en nombre del Estado Islámico, un grupo al que le había jurado lealtad hacía unas semanas,  pero que no guardaba relación directa con las estrategias de este organismo terrorista. El Estado Islámico, o ISIS, aprovechó la oportunidad para atribuirse el atentado y así sembrar terror en el territorio que más lejano tiene de su alcance en el Medio Oriente. Este tipo de atentados, con directa o indirecta relación a su gestión, legitima el anti-americanismo de este grupo terrorista. Además, legitima ante sus seguidores su visión fundamentalista y radical sobre el Islam y fortalece la retórica de que todo aquel que no concuerde con su sexo de nacimiento o que adopte características de otro género o sienta o piense que su identidad u orientación sexual es distinta a lo que la sociedad le impone por su cuerpo.  

En este caso, la lógica de ISIS se basa en que mientras Occidente no deje a los otros pueblos auto-gobernarse ni evite influenciar lo que suceda en el Medio Oriente, ellos tendrán potestad de atacar las instituciones democráticas, civiles y más aún, la sensación de libertad y los valores de sus sociedades. Es una forma de imponer, con un atentado a pequeña escala que por más lamentable, ojo, no se compara a la masiva destrucción y asesinatos en Afganistán, Irak y Siria, lo que consideran que es correcto. Es una táctica de predicar y amedrentar en suelo ajeno. 

Esta masacre trajo de nuevo a la mesa de discusión dos temas de debate recurrente en EE.UU.: 1) el fenómeno de “lobos solitarios”, individuos que cometen actos terroristas sin levantar graves, si algunas, sospechas y 2) la política de control de las armas de fuego. Para los estadounidenses, el segundo asunto hiere sensibilidades (Ver documental Under the gun, 2016) y cada administración que llega a la Casa Blanca intenta atajar el elefante blanco en la habitación sin éxito.  Ya los presuntos candidatos a las elecciones presidenciales, Hillary Clinton y Donald Trump, se han expresado al respecto. El asombro de otros países sobre este tipo de atentados en EE.UU. es que, para decir que es la tierra de las oportunidades, la potencia más importante del mundo y el símbolo de la nueva democracia, existe poca o nula sensación de seguridad en las calles. En lugares donde se supone haya un respeto moral y normativo como en las escuelas, cines, parques, clubs, etc. 

Es muy probable que la lucha de la comunidad LGBT  en este país deje de acaparar las portadas en par de días. No porque pararán las manifestaciones de solidaridad en las redes sociales, el hashtag #prayfororlando y eventos de concientización, al contrario. Surgirán y exigirán más. Dejará de ser tema de conversación porque la sociedad estadounidense, así como muchas otras, necesita primero comprender y atender la desigualdad de género. Si no se visibiliza cómo el sistema del patriarcado regula las relaciones de poder entre los hombres y las mujeres, mucho menos se va a poder entender o abogar porque se reconozca y respete los derechos y la vida de hombres y mujeres con diferentes identidades de género y orientaciones sexuales.

(Foto: Daniel Munoz, taken from motto.time.com)

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