El camino a Soacha


Cerca de la 45, tomamos el Transmilenio. Casi lo perdimos porque no había capacidad para más gente. Cincuenta minutos y dos buses después, acabamos en uno de los barrios de Soacha, un municipio al sur de Bogotá.

Al bajar del último camión, no fue la falta de asfalto ni ruido lo que causó el impacto.  Tampoco lo fue la ausencia de policías y militares en la zona. Fue ver, entre rutas polvorientas y cientos de casas apiñadas -algunas en buenas condiciones y otras, en estado deplorable-, los rostros de niñas curiosas ante la llegada de extrañas. Porque, algunas de nosotras sí lo éramos.

Escribo este apunte de viaje porque un reportaje, en el que las cifras y las fuentes apremian, no ofrece el espacio para canalizar lo chocante que fue descubrir que un lugar así quedara tan cerca de la ciudad capital de Colombia. El municipio es la localidad con mayores casos de maltrato infantil, violencia en pareja y violencia intrafamiliar en el departamento de Cundinamarca, y según cifras de ACNUR, se calcula que el 40 % de sus habitantes son desplazados del conflicto armado.

Me recomendaron ser discreta con la cámara tan pronto llegamos y pronto supe por qué. Si una presta atención al silencio y observa su alrededor se da cuenta que una nunca está sola, que alguien mira y no se sabe con qué intención. La inseguridad reina en el ambiente y una lo percibe en la forma en que los pocos camiones que transitan por las calles sin pavimentar dejan nubes de polvo que nublan toda la vista y personas que aprovechan la distracción para caminar a tu lado con recelo. El deterioro ambiental del barrio al que fuimos deja al descubierto la poca atención que da el Estado, y por su parte la escasez de recursos con los que cuenta, para atajar esta situación. Atajar la contaminación, el desempleo y la falta de acceso al agua potable, problemáticas que han sido contrarrestadas en gran medidas por las juntas comunales que son las que tratan de poner ley y orden en los barrios que, en sus inicios, eran asentamientos ilegales. Soacha es considerada como estrato 1, de extrema pobreza, y es uno de los referentes para la gente que dice que el posconflicto ya llegó a la ciudad. Está en sus alrededores y no es bonito.

Sin embargo, es un lugar barato para vivir. Queda cerca de Bogotá para todos aquellos queSAM_4334.jpgencuentran un empleo o estudian allá. Es un ejemplo claro de la desigualdad social y de violencia de género pero también da lecciones sobre el espíritu humano. Revela que los niños no necesitan videojuegos ni las últimas tecnologías para entretenerse, ya que correr bicicleta o columpiarse con una soga, por más peligroso e inestable que sea, basta. Saca una sonrisa. Demuestra que hay gente luchadora que se levanta desde muy temprano para trabajar porque llorar no sirve de nada y hay que encontrar la forma para alimentar a la familia. Da a conocer que hay personas que podrían cumplir sus sueños cómodos, sentados desde una oficina, y no obstante, eligen viajar cada semana o día al lugar para contribuir con programas de educación, construcción de vivienda y apoyo psicosocial a las comunidades y a los grupos vulnerables.  Ese tipo de realidades contrastan con la narrativa de aquellos que creen que todo está perdido. Que las circunstancias definen dónde uno nace, crece y le toca vivir. Ese tipo de discurso olvida que el cambio es lo único constante en la vida. Que uno no es lo que tiene porque lo material cualquier día uno lo puede perder. El error es aferrarse a los objetos, las circunstancias, la certeza de que las cosas seguirán igual.

Tras un descanso de la documentación, volví a mirar el paisaje. Las montañas repletas de viviendas terracotas, unas encima de otras. Y por primera vez en la ruta tuve un enfoque diferente. Tantos hogares se construyeron de la nada. Tantas personas tomaban buses para el trabajo, abrían sus negocios, cocinaban, lavaban, llevaban a sus hijos e hijas a la escuela. Tantas familias, con sus virtudes y defectos, se ayudaban entre sí. Formaban parte de colectivos para mejorar la calidad de vida y seguridad ante el abandono y/o insuficiencia de las autoridades.

El regreso a la ciudad fue accidentado. Poco tiempo para entrevistar nuevas voces y decir adiós. Volví a la misma estación del Transmilenio y enfrentar el bullicio y caos propio del transporte colectivo en la zona metro.  Me fijé en los rostros, no muy diferentes a los que vi en Soacha, y pensé en sus historias. ¿Quiénes son? ¿En qué condiciones viven? ¿Qué sueños tienen? ¿Por qué sufren?

Mirar se volvió un desafío. Mirar levantaba preguntas y daba pie a la confrontación. Al poco tiempo, con una mochila pequeña seguí mi camino, tratando de pasar desapercibida entre el grupo de personas, en parte porque eso es lo que nos enseña indirectamente la violencia. A ver y no realmente ver, para evitar preguntas y problemas. A menos de que una se atreva a ver, más allá de sus propios prejuicios y las amenazas, que todos y todas somos transitorios en esta vida. Todos y todas cargamos sólo con una mochila de experiencias e historias de la mejor o peor forma que podemos.

(En las fotos, el barrio Los Pinos en Soacha. Fotos tomadas por Natalia Bonilla)

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