Ortega, Murillo y su marca de democracia


Cuatro veces presidente. Daniel Ortega revalida como mandatario de Nicaragua, esta vez con su esposa Rosario Murillo como vicepresidenta. Con un 70 % de abstención, la pareja reafirma su versión de democracia, repitiendo un pasado histórico que una vez repudiaron.

La rama ejecutiva de Nicaragua se ha convertido en un “asunto de familia”. Esta vez Ortega sacó de las sombras a Murillo y la apoyó como acompañante de papeleta en los comicios presidenciales del pasado domingo. La poeta dejó así su papel de “primera dama” oficial y “de facto” si se toma en cuenta que Ortega dirigió dos mandatos seguidos sumados a más de tres décadas dirigiendo la nación, en ocasiones como líder de la oposición y en otras a la cabeza del partido gobernante (entre 1979-1990).

Lo controversial de esta elección fue que el país está en camino de repetir su historia. Con la victoria, Ortega y Murillo sientan las bases de una dinastía como la que repudió el Frente Sandinista de Liberación Nacional cuando tres miembros de la familia Somoza alternaron el poder por unos 30 años.

Y no es que no exista una oposición. La hay. El problema es que la influencia de Ortega es tal que su Administración ha anulado cualquier participación que tenga ésta en las elecciones, uno de los procesos que caracterizan a la democracia.  En ese sentido, a mediados de junio la Corte Suprema de Justicia, que simpatiza -y hay quienes aseguran, es controlada por los sandinistas-, excluyó a los partidos opositores de participar en las elecciones aunque no pudo evitar del todo que candidatos opositores participaran de manera independiente. Claro está, sin el respaldo de un partido o recursos financieros, ¿cómo encarar a la institución?

El 70 % de la población elegible para votar no lo hizo. ¿Se puede legitimar los resultados si solo hay un partido en la contienda? Mejor preguntar, ¿existe legitimidad a sabiendas de la historia de ese partido? Según relatan los medios de comunicación de Nicaragua, Ortega no emprendió muchos actos oficiales de campaña ni dio a conocer grandes cambios en su actual plataforma política.

Ortega tiene 70 años; Murillo 65. El matrimonio tiene siete hijos. Sin embargo, ha sido Zoilamérica Narváez -hija de Murillo e hijastra del presidente- la figura más controversial. Exiliada en Costa Rica, la joven ha denunciado desde 1998 al mandatario por cometer abusos sexuales y físicos contra su persona cuando era menor de edad. Su madre se alejó de ella y favoreció a su marido ante lo que parecían ataques para manchar su reputación.

La ambición de la pareja por el poder es tal que al ambos asumir posiciones en el ejecutivo, si Ortega fallece, Murillo podrá sucederlo rápida y legalmente. Si algo preocupa de esta dinámica es que Nicaragua permanezca sumida en una misma visión de futuro de una sola familia. Es aquí cuando uno se cuestiona, si reemplazas una dictadura por otra, ¿para qué sirvió la revolución?

(Foto de portada tomada de: La prensa-Nicaragua)

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