La otra crisis de refugiados se gesta en Centroamérica


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[ANÁLISIS] Que se destaque en el Día Mundial de los Refugiados una de las olas de refugiados más invisible, la de Centroamérica, creada por políticas regionales de seguridad que militarizan al Estado y exacerban la inseguridad y la violencia social.  Que hoy no nos olvidemos de ella, a pesar de que los medios masivos representen la crisis sólo con el drama humanitario en Siria.

Por Natalia Bonilla | Twitter @nataliabonilla

Marina* perdió la alegría al hablar. Articula con voz baja,  a veces arrastra las palabras. Se le dificulta confiar. A su lado hay decenas de mujeres, con historias similares y otras no tanto, que han escapado de la violencia en sus países y se encuentran hoy en un centro de refugiados. Buscan asilo en México, lejos de las naciones que un día las vieron nacer. Naciones que componen el Triángulo del Norte -Guatemala, Honduras y El Salvador- y donde los altos niveles de violencia son tan preocupantes que ocupan la lista de lugares más peligrosos del mundo para vivir.”

Marina no quiere ser parte de las estadísticas. No se considera un número más. No quiere aparecer en los informes. Su único objetivo es empezar una vida nueva, cuidar de sus hijos y que no la deporten. Su mayor miedo es regresar y saber que es muy probable que así ocurra.

La crisis de refugiados en Centroamérica es, en gran parte, financiada por EE.UU. La crisis no es un fenómeno reciente, lleva más de una década pero con la puesta en marcha de programas como la Iniciativa de Seguridad Regional Centroamericana, el Plan Mérida y ahora sus tentáculos como la Alianza para la Prosperidad y este año, el Plan Fortaleza, ha fomentado la militarización de los gobiernos para enfrentar el crimen organizado, el narcotráfico y las bandas ilegales. Ninguna de estas iniciativas fue diseñada con una perspectiva de género y, en su implementación, poco si alguna atención se le ha prestado a asegurar el respeto de los derechos humanos.

No se puede ignorar que cada año miles de personas de la región que buscan emigrar a EE.UU. por cuestiones económicas, para mejorar su calidad de vida. No se puede ignorar que muchas mujeres adoptan la ruta por tierra y se preparan para ser víctimas de torturas y abuso sexual perpetrados por las autoridades, carteles, pandillas o miembros de la sociedad civil. Salen de sus países consciente de que eso puede ocurrir y visualizan, incluso, que pueden ser asesinadas.

Sin embargo, poco se habla de las miles de otras mujeres e hijos que emigran porque quieren sobrevivir. A consecuencia de las nuevas políticas fronterizas y de seguridad, entre 2015 y 2016 se detuvieron a unos 180.000 niños y mujeres -que reportaron escapar de la violencia- en la frontera EE.UU. – México.  Entiéndase por violencia, no aquella sólo infligida por los maras o carteles de droga, sino también la doméstica, social y estructural.

Hablemos de cifras, las pocas que hay. El Ministerio Público de Guatemala reportó unos 50.000 casos de violencia contra la mujer en 2013. De ese número, sólo 983 recibieron sentencia. En Honduras, se reportaron 471 femicidios en 2015 y en El Salvador casi 1.100 casos de violencia doméstica y más de 2.600 de violencia sexual.

El problema es más grave que estos números. Es más grave porque la corrupción y la impunidad son la norma operacional de los Estados en Centroamérica y eso significa que, probablemente, estos casos representen una ínfima minoría de denuncias. Si no se confía en el Gobierno, si cuesta tipificar los asesinatos de mujeres como femicidios, si las autoridades también ejercen abusos, ¿para qué delatar? ¿Para qué atraer la atención?

Marina decidió huir pero su futuro es incierto. Es incierto porque el Programa Frontera Sur está dando resultados en las deportaciones y, según un representante de Amnistía Internacional entrevistado para un reportaje (que publicaré próximamente), la violencia doméstica no es reconocida como una causal para que no te deporten. Está escrita en la ley pero no se implementa.

Regresar al país de origen supone una doble vulnerabilización de las mujeres migrantes. ¿Por qué? Porque cuando regresan, entienden que escapar no dio frutos, que quizás sufrieron tratos peores a los que vivían en su país y que ahora, su contexto social las castigará de alguna forma. (Esto se evidencia muy bien en el informe Home Sweet Home de Amnestía Internacional, ver más aquí).  Además, una psicóloga entrevistada me explicó que el retorno es muy dramático para las mujeres que no ven salida a su situación y que, mayormente, son recibidas por sus opresores.

Para conmemorar este día, ACNUR lanzó una campaña #Conlosrefugiados para romper con la indiferencia que existe hacia este sector vulnerable de la población. En un comunicado, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Filippo Grandi, resaltó que “cuando mostramos nuestra solidaridad #ConLosRefugiados, también mostramos nuestro apoyo al respeto y la diversidad para todas las personas.”

Al preguntarle a una académica en derechos migratorios por qué la crisis de refugiados en Centroamérica es “invisible” a los ojos de la comunidad internacional, a pesar de todos los esfuerzos regionales de seguridad para “controlarla” (y que, en cambio, la exacerban), me dijo que tres factores pueden contribuir a la respuesta compleja:

1) estos países viven conflictos que aún no se han declarado como “guerras” (a diferencia de Siria),

2) qué sociedades afectan los refugiados y,

3) el nivel de educación y el uso de tecnología que tengan estas personas.

Ahora mismo, Marina no tiene celular. En limitadas ocasiones tiene acceso a un teléfono para hablar con uno que otro miembro de su familia. Su situación es lo más que le preocupa, más que acudir a las redes sociales a convocar una marcha o un evento de solidaridad. Más que crear un hashtag que la haga visible a los medios. Al contrario, teme ser visible y que eso perjudique su solicitud de asilo. O peor aún, que su marido sepa donde esté y la encuentre.

Marina, como miles de otras mujeres, viven un día a la vez.  A ellas, ¿quién las ve?

Marina* es un nombre ficticio para proteger la identidad de la solicitante.

(Foto de portada tomada por Natalia Bonilla – Ciudad de Guatemala)

Escrito por

Soy periodista y productora de documentales sobre conflictos, paz y género. En mi blog Cosmopolita escribo apuntes de viajes y análisis sobre lo que ocurre en el mundo.

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